Lo que recuerdo de mi infancia son como fotografías. En los mejores casos, pequeños fragmentos de video.
Tendría 3 cuando jugaba con blocks e intentaba leer el periódico. Sin que yo quisiera (y pienso que en el parque, mas nunca supe la fuente) se me subían piojos en la cabeza y sólo mi mamá sabía como quitármelos. Plaza Sésamo era de diario por cable y me encantaba escuchar canciones en cassette con mi grabadorcita negra- Perfúmenes Mujer, el Himno Nacional, Chiquitita. Tuvimos una camioneta Dart (station wagon) en casa- por fuera parecía de maderita en la que viajaba con mi familia a Laredo. Comprábamos AlphaBits y Prell en el Kroger. Me gustaba ir a la escuela y llegar temprano. Dejé de ir a la gimnasia el día que mi maestra llegó con el brazo enyesado- me daba miedo el yeso. Caminaba cinco cuadras a mi clase de piano y de regreso. Apreciaba la soledad y los sábados eran mi día preferido de la semana.
En las noches, como a los 6 iba a caminar con mi papá. Una vez me enseñó un hormiguero y me explicó todo el trabajo que había detrás del pequeño montículo. Me acuerdo de la delicadeza con la que me llevaba del lado de adentro de la banqueta, como me ayudaba a cruzar la calle y de que su mano siempre envolvía la mía. Una vez, nos trajo de Costa Rica una familia de ranitas y me enojé tanto cuando se me cayó la chiquita- se quedó sin una patita. Me acuerdo de los planetas del sistema solar, porque me los enseñó con ritmo. Y del número de la cuenta de cheques en Serfín, por si acaso algún día se ofrecía. Pienso en todas las veces que fueron mis papás a verme al teatro con flores- tres o cuatro obras, pero casi diez veces cada una. Y los famosos shows que se fletaron (quien sabe cuantos habrán sido) que eran tan importantes para mí. Veíamos películas en la Zenith, con palomitas y Coca-Cola de las de litro en envase de vidrio, repartida en cuatro vasos con mucho hielo.
Mamá modelo: desde su arreglo personal, sus modales, su cocina, cómo se estacionaba en paralelo, la manera en que retenía información, el modo en que ponía la mesa y el amor/cariño que nunca podía esconder en sus regaños. Algunos de sus vestidos eran iguales a los que teníamos para las Barbies. Me acuerdo de hacer bolitas de sandía y de melón y los pastelitos de nuez para las fiestas en la casa. De cuando a mis 9, le reorganicé su despensa para que todos los botecitos fueran iguales, con etiquetas- BIG mistake. Recuerdo los pasteles de nuestros cumpleaños, siempre hechos por ella. Y cómo olvidar las pláticas madrugadoras. A los 12 aprendí a hacer silencios importantes: “Eso no le digas a tus abuelos porque se preocupan de más.”
Mi hermana y yo nos aliamos tarde, tendría yo 15- pero jugamos juntas desde chicas. Salones de belleza, estaciones de radio, ciudades miniatura, salto en elástico, stands de limonada y nuestro clásico: bailar Timbiriche. Le di biberones cuando era bebé. Me sentaba en una silla para que no se me cayera porque pesaba y se tardaba. Por mucho tiempo, hice cosas por ella que pensé no podía hacer por su cuenta. Luego vino a enseñarme como las hace mejor ella, sin ayuda.
Cerca y lejos, la familia siempre está unida en recuerdos del corazón.
11.11.2009
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