Estoy sentada detrás del volante descansando la mano derecha en la palanca que indica P (de park). Con la izquierda, ajusto el asiento a mi medida porque a pesar de que es mi carro, no lo venía manejado. Espontáneamente la mano delicada y fría de una mujer conocida atraviesa la consola desde el asiento trasero para envolverse en la mía. Se acerca a mi oído, “dale a donde quieras”, dice. Entre las dos, colocamos la palanca en D (de ¡dale ya!) y antes de arrancar reviso el retrovisor. Ella se aleja de mí para acercarse a él, quien la espera con nervio y ansia. Conozco muy bien la sensación que evoca estar en esos brazos, sin proxémica controlada. Percibo la magia, esa que fusiona en este espacio efímero el deseo mutuo. Ni mi conciencia ni mi subconciencia saben orientar esta excitación.
Situación ambiental: oscila entre lo real y lo surreal. Me tiemblan las piernas, acelero comoquiera. Serie de luces mercuriales con efecto estroboscópico en el parabrisas. Se supone que veo el camino al frente pero abuso del espejo y al estilo de comics en boligoma, quedan impresos en mi memoria varios encuadres con intervenciones auditivas ocasionales y Fly From Heaven de fondo. (simultáneamente y en silencio coreo una banda sonora propia: soy un espía, un espectador... no sientes miedo... sigues sonriendo...) Traigo la lengua seca. Voy sin dirección ni rumbo, sin pensar, evitando detener el vehículo. Mi discreción se encarga de repartir mi atención entre la vía pública y el retrovisor. Parpadeo. Estoy despierta, mas yo sólo me había sentido así en sueños. ...¿Hasta dónde llegaré?...
Semáforo en rojo.
La composición: el lenguaje de sus cuerpos y la distribución de los mismos en el asiento siguen la regla de tercios, con carácter peligroso/prohibido en cuatro puntos. Contornos de la cabellera de ella enmarcan su perfil que se dirige a él. Se declaran hambre. Comienza la degustación de besos y percibo la variación en su intensidad. Adivino lo que le dice él cuando le susurra al oído. Mi respiración se agita. La armonía de movimientos y caos de caricias pasean mi vista en flujo diagonal hasta que el centro de interés la detiene. Son las manos de ella que se esconden y reaparecen entre la camisa abierta. Mis pulmones se expanden cuando ella lo inhala, pegando y deformando su rostro en el pecho hinchado, tan familiar para mí. A falta de iluminación y concentración, no distingo colores, sólo formas. Interrumpe una transferencia de tensión. El peso de él tiende hacia el regazo de ella. Lo recibe, sosteniéndose en brazos, recargándose y dejándolo aspirar su piel, mientras sus inquietas manos recorren la escasa lencería que se asoma encima del escote del vestido. Al mismo tiempo que resuelvo mi intriga, me desconozco. De reojo pesco el apasionado enredo de piernas. Este empate emana un auténtico encanto y no puedo con la emoción. ¿Quien grita? ¿El cuerpo de ella, el de él... o es el mío? Es Vedder, firmando con Yellow Ledbetter esta insólita connivencia.
Continúo derecho, último paso a desnivel. Ligera curva a la izquierda y los llevo de subida. Lo que mis ojos ven aquí, en flashback es como un slideshow de sensaciones ciclado con permanencia voluntaria. Me siento envuelta en el momento y descubro un placer alternativo. ...I don’t know whether I’m a boxer or the bag... Es una sobre-exaltación de mis sentidos. Soy testigo e invitada de un encuentro entre dos, quienes íntimamente me revelan sus impulsos -esas entidades silenciosas y obscuras que normalmente viven restringidas. Por aras del destino se desatan y convergen aquí, ante mi (y de cierta manera comulgados con los míos) en una oportunidad purificante. De olvidar restricciones auto-infligidas. De no contener emociones. De sentir deseo y sentirse deseados. De darse y recibirse, perteneciéndose momentáneamente. Un acuerdo común de ser tal cual y ya. Detecto el aroma del perfume de ella, diluido en el sudor de él. Esto es nuevo para mí.
Respiro profundo y exhalo despacio. Después, la mano de él busca mi cuello y cuando lo encuentra siento espasmos. Por primera vez desde que empezó este trayecto me convierto en elemento activo: mis ojos abandonan la recta, mi empuje elimina mi prudencia y tuerzo el cuerpo hacia atrás. Ella está cuchareada en un cálido abrazo. Aprecio el alivio que comunican los ojos de ambos, ahora cerrados. ¿Estaremos soñando? Confirmo que no, atendiendo la calle al frente y sucede una transducción de ese calor a mis entrañas cuando agarramos la última curva a la derecha. Silencio. Comprendo el hasta aquí, aunque pido más. Abren los ojos. Obediente, tomo la vuelta en U y los llevo de regreso.
Vuelvo al espejo. El reflejo de la mirada de él cruza la mía. Dibujo con afecto una sonrisa que enseña mi aprobación genuina. Su expresión es única: desmerecida incredulidad. Sonrío aún más. Ella se concentra en acomodarse el vestido, enderezando las costuras laterales en su cintura. Trago para destaparme los oídos, me sabe a licor del 43. Como muestra de mi complicidad dirijo mis ojos a los de ella e intercambiamos miradas. Compartimos (entre otras cosas) un largo y demorado parpadeo, a manera de sincero agradecimiento. Me abordan los acordes de Say Goodbye y mis manos estrangulan el volante. ... you’ve got me wild, turned around inside... En el espejo, la imagen de los dedos de ellos entrelazados; el aprieto de manos que me indica la misma urgencia que la mía, de atrapar este momento y conservarlo en sus puños.
Doy vuelta a la derecha en casa de la familia L. A metros de mi hogar, el velocímetro llega a cero. ...and tomorrow go back to being friends... No hay despedida. Cierro unas puertas para abrir otras. ...and tomorrow say goodbye... Me siento viva.
11.30.2009
11.11.2009
looking back
Lo que recuerdo de mi infancia son como fotografías. En los mejores casos, pequeños fragmentos de video.
Tendría 3 cuando jugaba con blocks e intentaba leer el periódico. Sin que yo quisiera (y pienso que en el parque, mas nunca supe la fuente) se me subían piojos en la cabeza y sólo mi mamá sabía como quitármelos. Plaza Sésamo era de diario por cable y me encantaba escuchar canciones en cassette con mi grabadorcita negra- Perfúmenes Mujer, el Himno Nacional, Chiquitita. Tuvimos una camioneta Dart (station wagon) en casa- por fuera parecía de maderita en la que viajaba con mi familia a Laredo. Comprábamos AlphaBits y Prell en el Kroger. Me gustaba ir a la escuela y llegar temprano. Dejé de ir a la gimnasia el día que mi maestra llegó con el brazo enyesado- me daba miedo el yeso. Caminaba cinco cuadras a mi clase de piano y de regreso. Apreciaba la soledad y los sábados eran mi día preferido de la semana.
En las noches, como a los 6 iba a caminar con mi papá. Una vez me enseñó un hormiguero y me explicó todo el trabajo que había detrás del pequeño montículo. Me acuerdo de la delicadeza con la que me llevaba del lado de adentro de la banqueta, como me ayudaba a cruzar la calle y de que su mano siempre envolvía la mía. Una vez, nos trajo de Costa Rica una familia de ranitas y me enojé tanto cuando se me cayó la chiquita- se quedó sin una patita. Me acuerdo de los planetas del sistema solar, porque me los enseñó con ritmo. Y del número de la cuenta de cheques en Serfín, por si acaso algún día se ofrecía. Pienso en todas las veces que fueron mis papás a verme al teatro con flores- tres o cuatro obras, pero casi diez veces cada una. Y los famosos shows que se fletaron (quien sabe cuantos habrán sido) que eran tan importantes para mí. Veíamos películas en la Zenith, con palomitas y Coca-Cola de las de litro en envase de vidrio, repartida en cuatro vasos con mucho hielo.
Mamá modelo: desde su arreglo personal, sus modales, su cocina, cómo se estacionaba en paralelo, la manera en que retenía información, el modo en que ponía la mesa y el amor/cariño que nunca podía esconder en sus regaños. Algunos de sus vestidos eran iguales a los que teníamos para las Barbies. Me acuerdo de hacer bolitas de sandía y de melón y los pastelitos de nuez para las fiestas en la casa. De cuando a mis 9, le reorganicé su despensa para que todos los botecitos fueran iguales, con etiquetas- BIG mistake. Recuerdo los pasteles de nuestros cumpleaños, siempre hechos por ella. Y cómo olvidar las pláticas madrugadoras. A los 12 aprendí a hacer silencios importantes: “Eso no le digas a tus abuelos porque se preocupan de más.”
Mi hermana y yo nos aliamos tarde, tendría yo 15- pero jugamos juntas desde chicas. Salones de belleza, estaciones de radio, ciudades miniatura, salto en elástico, stands de limonada y nuestro clásico: bailar Timbiriche. Le di biberones cuando era bebé. Me sentaba en una silla para que no se me cayera porque pesaba y se tardaba. Por mucho tiempo, hice cosas por ella que pensé no podía hacer por su cuenta. Luego vino a enseñarme como las hace mejor ella, sin ayuda.
Cerca y lejos, la familia siempre está unida en recuerdos del corazón.
Tendría 3 cuando jugaba con blocks e intentaba leer el periódico. Sin que yo quisiera (y pienso que en el parque, mas nunca supe la fuente) se me subían piojos en la cabeza y sólo mi mamá sabía como quitármelos. Plaza Sésamo era de diario por cable y me encantaba escuchar canciones en cassette con mi grabadorcita negra- Perfúmenes Mujer, el Himno Nacional, Chiquitita. Tuvimos una camioneta Dart (station wagon) en casa- por fuera parecía de maderita en la que viajaba con mi familia a Laredo. Comprábamos AlphaBits y Prell en el Kroger. Me gustaba ir a la escuela y llegar temprano. Dejé de ir a la gimnasia el día que mi maestra llegó con el brazo enyesado- me daba miedo el yeso. Caminaba cinco cuadras a mi clase de piano y de regreso. Apreciaba la soledad y los sábados eran mi día preferido de la semana.
En las noches, como a los 6 iba a caminar con mi papá. Una vez me enseñó un hormiguero y me explicó todo el trabajo que había detrás del pequeño montículo. Me acuerdo de la delicadeza con la que me llevaba del lado de adentro de la banqueta, como me ayudaba a cruzar la calle y de que su mano siempre envolvía la mía. Una vez, nos trajo de Costa Rica una familia de ranitas y me enojé tanto cuando se me cayó la chiquita- se quedó sin una patita. Me acuerdo de los planetas del sistema solar, porque me los enseñó con ritmo. Y del número de la cuenta de cheques en Serfín, por si acaso algún día se ofrecía. Pienso en todas las veces que fueron mis papás a verme al teatro con flores- tres o cuatro obras, pero casi diez veces cada una. Y los famosos shows que se fletaron (quien sabe cuantos habrán sido) que eran tan importantes para mí. Veíamos películas en la Zenith, con palomitas y Coca-Cola de las de litro en envase de vidrio, repartida en cuatro vasos con mucho hielo.
Mamá modelo: desde su arreglo personal, sus modales, su cocina, cómo se estacionaba en paralelo, la manera en que retenía información, el modo en que ponía la mesa y el amor/cariño que nunca podía esconder en sus regaños. Algunos de sus vestidos eran iguales a los que teníamos para las Barbies. Me acuerdo de hacer bolitas de sandía y de melón y los pastelitos de nuez para las fiestas en la casa. De cuando a mis 9, le reorganicé su despensa para que todos los botecitos fueran iguales, con etiquetas- BIG mistake. Recuerdo los pasteles de nuestros cumpleaños, siempre hechos por ella. Y cómo olvidar las pláticas madrugadoras. A los 12 aprendí a hacer silencios importantes: “Eso no le digas a tus abuelos porque se preocupan de más.”
Mi hermana y yo nos aliamos tarde, tendría yo 15- pero jugamos juntas desde chicas. Salones de belleza, estaciones de radio, ciudades miniatura, salto en elástico, stands de limonada y nuestro clásico: bailar Timbiriche. Le di biberones cuando era bebé. Me sentaba en una silla para que no se me cayera porque pesaba y se tardaba. Por mucho tiempo, hice cosas por ella que pensé no podía hacer por su cuenta. Luego vino a enseñarme como las hace mejor ella, sin ayuda.
Cerca y lejos, la familia siempre está unida en recuerdos del corazón.
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