Descubrí desde niña que tengo una gran facilidad por aprender si y sólo si mi disposición así se inclina. Cuando tenía doce años tuve que elegir una canción para ejecutar en "el" recital de piano. Escogí a simple vista de entre un montonal de partituras la que tenía micronotas que yo jamás había visto. Bastó con el comentario de mi maestro "es una pieza difícil, pero puede ser que tengas el alcance para ella". Se trataba de Intermezzo, una de las piezas más conocidas del compositor Manuel María Ponce.
Abordé el reto sin reserva. Así, impulsivamente como tiendo a decidir mis acciones. Me tardé varias clases en avanzar, no recuerdo cuantas- pero sí los tramos complicados, el salteo de notas, y los cambios de las tercias. Aunque me atoraba de repente, resolví a tiempo los detalles y estaba lista para el concierto.
Mis nervios: escondidos bajo la máscara de una mirada dirigida al piso y una sonrisa limitada. Alguien toca a la puerta. La incertidumbre de quien toca me provoca cierta angustia. No hay nadie más que yo para abrirla. Dejo de hacer lo que estoy haciendo con algo de renuencia para atenderla. Espero que sea alguien pero la abro y ni un alma. Desilusión. Salgo, busco, reviso, investigo. No encuentro nada. Desesperación. ¿Qué esperaba? ¿a quién? y ¿porqué? Enojo, tristeza, frustración. Cierro la puerta. Vuelvo a mis labores. Intrigada y dudosa, respiro y pienso. Decido regresar para dejar la puerta abierta y al abrirla corre un aire purificante que me refresca y me invita a salir. Inhalo profundo, exhalo despacio, con un sentimiento de satisfacción. La puerta se cierra detrás de mí y me quedo afuera, descalza y sin llave. Por un instante me paraliza la confusión. Comienzan los aplausos y me levanto incómoda del banco.
Celebro en compañía del público la ejecución de Intermezzo, sin errores evidentes. Hasta ahora, nadie sabía lo que estaba yo pensando.
10.15.2009
Subscribe to:
Comments (Atom)
